martes, 28 de enero de 2014

(A este lado del mundo) Viceprólogo adjunto para un libro de microrrelatos en homenaje a Cortázar



La creación es un permanente estado de angustia.
Paco de Lucía

El siguiente prólogo no ha sido seleccionado por la editorial que convoca el certamen homenaje a Cortázar. Para que no muera antes de nacer sin ser leído, os lo dejo aquí, así como el que sí ha resultado escogido en un enlace al final de esta entrada. 

A este lado del mundo     

            Hay muchas maneras de llegar a Cortázar, cada lector tiene la suya. Las mujeres llegan antes, como al amor, como a casi todo lo que merece de veras la pena en la vida. Luego está el que llegó obligado por la continua cita de un escritor al que admiraba, el que encontró en casa de sus padres un tomo de Rayuela al fondo de una estantería, o ese que escuchó al profesor de inglés prohibir en clase leer la traducción de El corazón delator. Están las novias que a la hora de escoger entre dos colores siempre escogían la casilla marrón del trivial, y el que se enamoró de la sonrisa de aquella mujer en el metro, el subte, que tenía siempre un libro suyo en las manos y lo guardaba con cuidado y lentitud en su bolso como si fuera un secreto. Y están los Famas que escucharon algo sobre la existencia de unos tales Cronopios, sin saber que ellos no podrían ser jamás Cronopios, ignorando su condición de Famas, preguntando qué era todo aquello, que les dejasen el libro sin pedirlo por favor. Y están los que llegan pagando por el curso de escritura creativa (como si hubiera otro tipo de escritura), y están París y la Maga, y Buenos Aires y Sara y las placas y las calles con nombre de escritor muerto, Montmartre, el Che y el jazz.     

            No importa cómo se llegue a Cortázar, lo importante es haber llegado. Una vez que se llega a él es imposible marcharse. Y eso es lo que ha debido intuir la editorial Artgerust al convocar un certamen en memoria del maestro argentino, que somos muchos los que seguimos atrapados en la voz y en la mirada de Julio Cortázar. Este libro viene a ser una suerte de exorcismo cortazariano, una caja de Pandora en la que la esperanza sigue siendo lo último que se pierde, el único sentimiento que no es nuestro, la vida misma defendiéndose.
           
            Y ahora viene la parte triste del prólogo, la mala noticia, la llamada a las dos de la mañana que nos sobresalta y nos obliga a preparar la maleta. Hay quien confunde lo trivial en Cortázar con su literatura, con su estilo, y es algo que siempre me ha entristecido enormemente, como ver a un niño fumando por la calle o que tu jersey favorito haya encogido en la lavadora o que ha roto aquella pareja con la que tanto te gustaba estar las noches de los viernes e ir a cenar entre semana. El escritor que cree que por mencionar marcas de cigarrillos, nombres de músicos, citar a cierto poeta y sacar a sus personajes a pasear por un parque de la gran ciudad, está escribiendo algo que merece el respeto y la dignidad de ser leído, de ocupar el pensamiento de otra persona, de ser una idea a la deriva por las venas de una mujer. Cortázar, como muy bien advierte Borges en su prólogo a Cartas de Mamá de nuestro autor, sabía que lo trivial era necesario, que el prodigio requería de esos pormenores. Si una lección nos da Cortázar en todos sus textos, sus cartas y sus entrevistas, es que un escritor nunca escribe lo que escribe para gustar, porque es imposible que un escritor escriba algo que termine de gustarle, es al contrario, gusta por cómo escribe lo que ha escrito y se muere antes de escribir el libro que le hubiera gustado escribir.  

            Y este es precisamente el caso del libro que tienes ante ti, un libro en el que lo trivial es necesario para conseguir el prodigio. Un libro en el que caben casi las mismas palabras por relato que autores en el libro. No importa cómo hayas llegado hasta él, lo importante es que has llegado y que lo disfrutes, si no tanto —porque creo que es imposible—, al menos igual que todos aquellos que lo hemos traído a este lado del mundo, porque este libro era sólo para ti, para ti que ya habías llegado a Cortázar, pero al que no habías regresado nunca, no al menos de este modo.


Prólogo escogido: Cortázar, el jefe de una tribu en extinciónhttp://www.artgerust.com/blog/cortazar-prologo

domingo, 19 de enero de 2014

Homenaje a Cortázar



Cómo y como

No más cronopios, famas o instrucciones. No más Magas perdidas por París, ni Saras por Buenos Aires a las que les azota el pelo sobre los hombros. No más café, ni humo de cigarro. No más definiciones de instantes cotidianos con sabor a mate, miradas por la ventana y encuentros de cuerpos tras un viaje en taxi. No más casas tomadas, ni copias de bestiarios, ni escritores ante hojas en blanco. No más jazz, no más casualidades oníricas, no más autopistas del Sur, no más mujeres incomprendidas y despedidas para siempre ante un vagón de tren. No más trasuntos, no más Poe, ni gatos, ni seudónimos de juventud. No más boom, no más Realismo Mágico. No más partos en Bélgica, ni muertes por negligencia. No más Minotauros o mitos reescritos al contrario. No más juegos de palabras, ni personajes solitarios. No más tipología textual modificada con contenido humano.
Lo que importa no es lo que se escribe, sino el cómo.

*** (las tres lujosas estrellitas)

Un antes y un después


Otrora, cuando era un hombre feliz y repetido como tantos otros, medía el tiempo en casas, en nombres de ciudad o de mujer a veces era lo mismo, en los libros que había ido escribiendo o traduciendo, en marcas de tabaco, en discos de vinilo, en enfermedades contraídas y cortes de pelo. Le gustaba guardar los zapatos viejos, maltrechos y cuarteados por la lluvia o el sol, como si en ellos viera una cicatriz propia, como un sobre de carta abierto para siempre. Aunque cuando hablaba con los demás utilizaba la exactitud del orden fechado, los días de la semana, los principios, mediados y finales de mes, la burocracia de los calendarios de pared y de oficina o la intimidad de mano de las agendas.

Ahora ya no, después de aquella noche sólo quedaba un antes y un después. Un antes: él. Y un después: ella, que ya era él mismo, su nombre y el lugar de su cuerpo.