domingo, 19 de enero de 2014

Homenaje a Cortázar



Cómo y como

No más cronopios, famas o instrucciones. No más Magas perdidas por París, ni Saras por Buenos Aires a las que les azota el pelo sobre los hombros. No más café, ni humo de cigarro. No más definiciones de instantes cotidianos con sabor a mate, miradas por la ventana y encuentros de cuerpos tras un viaje en taxi. No más casas tomadas, ni copias de bestiarios, ni escritores ante hojas en blanco. No más jazz, no más casualidades oníricas, no más autopistas del Sur, no más mujeres incomprendidas y despedidas para siempre ante un vagón de tren. No más trasuntos, no más Poe, ni gatos, ni seudónimos de juventud. No más boom, no más Realismo Mágico. No más partos en Bélgica, ni muertes por negligencia. No más Minotauros o mitos reescritos al contrario. No más juegos de palabras, ni personajes solitarios. No más tipología textual modificada con contenido humano.
Lo que importa no es lo que se escribe, sino el cómo.

*** (las tres lujosas estrellitas)

Un antes y un después


Otrora, cuando era un hombre feliz y repetido como tantos otros, medía el tiempo en casas, en nombres de ciudad o de mujer a veces era lo mismo, en los libros que había ido escribiendo o traduciendo, en marcas de tabaco, en discos de vinilo, en enfermedades contraídas y cortes de pelo. Le gustaba guardar los zapatos viejos, maltrechos y cuarteados por la lluvia o el sol, como si en ellos viera una cicatriz propia, como un sobre de carta abierto para siempre. Aunque cuando hablaba con los demás utilizaba la exactitud del orden fechado, los días de la semana, los principios, mediados y finales de mes, la burocracia de los calendarios de pared y de oficina o la intimidad de mano de las agendas.

Ahora ya no, después de aquella noche sólo quedaba un antes y un después. Un antes: él. Y un después: ella, que ya era él mismo, su nombre y el lugar de su cuerpo.