miércoles, 12 de febrero de 2014

La vieja que miraba las gaviotas



Un martes de febrero de los de cielo gris oscuro, de gris de cenicero sin limpiar o de recuerdo roto y arena volcánica o sólo un martes de invierno, en los que nunca termina ser de día y siempre está a punto de llover, vi a una vieja a los pies de un puente que miraba las gaviotas. Estaba apoyada en dos muletas, descansando, supuse, del paseo que daba los días pares de la semana por prescripción médica. Las gaviotas buscaban refugio alineándose en el arco superior del puente. Algunas se divertían gustándose en la lentitud de sus acrobacias, lanzándose del arco al río y retornando del río al arco, altivas y juguetonas, como si así aprovechasen una última libertad antes de la lluvia. 

La vieja retomó su camino una vez que empezaron a caer las primeras gotas, imaginé su miedo por resbalar, su espera bajo los soportales hasta que escampara, la tristeza de su abrigo mojado.

Ahora cada vez que paso por allí me imagino a aquella mujer sentada en lo alto del arco del puente, como si las gaviotas y ellas fuesen lo mismo, como una forma más de mi propia muerte que me mira y me espera, altiva y juguetona y que se marcha todavía, aunque yo la vea.