viernes, 28 de marzo de 2014

Dos (el cuento que siempre quise escribir)

   
(Relato de próxima aparición en Encuentos.com, en respuesta al correo de una alumna de México que me preguntaba cuál era el cuento que siempre había querido escribir).

   Sé que hay muchos maestros de escuela y profesores de instituto que utilizan mis cuentos en sus clases, porque alguno o, mejor dicho, alguna maestra o profesora se ha tomado la molestia de pedirme permiso para utilizarlos, sobre todo en Latinoamérica. En México, en Perú, en Colombia, en Argentina... Al otro lado del mundo. (Me encanta escribir al otro lado del mundo, siempre que tengo ocasión encuentro una excusa para incluir estas palabras en lo que escribo, hace poco quedé finalista en un concurso de relatos en el que también las incluí, siempre en el mismo orden y al principio de la frase: Al otro lado del mundo). A las profesoras, decía, les gusta incluir en sus horas de clase, especialmente, los cuentos Pintura azul, La chica de la cámara de fotos y El libro del dragón y, cuando llega la Navidad, Inocencia y Las figuras rotas, que es el último cuento que escribí. Lo que no sé es si saben que con la pintura azul me refiero al color que tienen los aparcamientos de los discapacitados en España, que el que escribe la carta de La chica de la cámara de fotos en realidad soy yo escondido en la voz de un narrador y que todo lo que se cuenta en él es cierto, incluso cuando hablo de mi mala caligrafía. Lo único que no es cierto es que al llegar del trabajo no recibí ninguna carta, igual que en Inocencia; y que El libro del dragón  no es un cuento fantástico, es un padre contándole a su hija la historia de su divorcio a través de un cuento, que en realidad soy yo contándome a mí mismo la historia del divorcio de mis padres.
   He de confesar que ninguno de esos cuentos son el cuento que siempre quise escribir o quizá sean sólo el camino hacia el cuento que siempre he querido escribir, que a lo mejor tampoco es este cuento, aunque quiera que lo sea porque lo titule así: El cuento que siempre quise escribir. Seguramente los chicos o, mejor dicho, las chicas comprendan mejor lo que quiero decir que los propios docentes. Escribir es como resolver ese problema de matemáticas por el que no sabes por dónde empezar, pero que sabes que tiene solución, aunque todavía no sepas cuál es. Además, la solución es lo de menos. Que el resultado dé cincuenta y siete o tres, poco importa. La cifra final es fútil (fútil es una palabra preciosa que ya casi nadie dice, me da pena ver morir a algunas palabras). Lo importante es el método que se aplica para encontrar la solución y encontrarla. El bolígrafo rojo del maestro o del profesor otorgándonos los puntos el día del examen también importa poco. Escribir cuentos es parecido a enamorarse, te enamoras pero no sabes si serás capaz de enamorar a la persona de la que te has enamorado, si ella ya lo estaba de ti antes o si simplemente ni tú ni ella encontraréis la solución para estar juntos, unidos por un igual. Cinco menos tres, igual a dos. Cien menos noventa y ocho, igual a dos. Uno más uno, igual a dos. Lo importante en el amor es que la equivalencia, el resultado, sea igual a dos, nunca a uno y mucho menos a cero o a un número negativo.
    Cuando escribo un cuento me enamoro de la historia, pero las palabras están distraídas pensando en otra cosa y, aunque trato de robarles una mirada de reojo o trato de cruzarme con ellas disimulando que sea de improvisto, no me ven y yo me las quedo mirando desde lejos, solo, observando cómo se marchan a algún lugar ignoto desde la ventana de mi casa, viendo como toman el autobús o el tren o alguien las lleva de la mano o las invita a entrar a un coche sin saber que las estoy mirando. Más tarde pienso que son ellas las que cruzan el cielo en cualquier avión que pasa. Entonces, cuando ya se han marchado, las recuerdo y las pongo por escrito, como un pintor que pinta a la mujer que ama de memoria para estar siempre con ella, como un músico que fuera capaz de encerrar la noche en los acordes menores.

   El cuento que siempre quise escribir es un cuento que alguien lee al otro lado del mundo. Al otro lado del mundo, donde consigo que las palabras, ¡al fin!, recuerden la historia de la que me había enamorado. Y esa historia eres tú, la persona que lee, nosotros, uno más uno, dos.


(Algunas fuentes:













miércoles, 12 de marzo de 2014

Exilio y Negación

Exilio

En la mar no hay fronteras, son los hombres
los que en sus ojos dibujaron mapas.
Poco le importa ser España o Francia,
Europa, América, el Sur o el Norte,
los nombres de su orilla, las palabras,
la mar es una muerte que se esconde
detrás del horizonte que no acaba.
Ya no busco en la mar otras regiones
que la honda oscuridad, que el alba clara.
Tan sólo hundido en ella, golpe a golpe,
soy la roca que yace abandonada
soportando el embate, siempre joven,
inexpugnable como una esperanza.
***

Negación

El ojo no es la vista,
es la mirada.

Tampoco el corazón es su latido,
ni el sueño son las noches que has dormido,
ni el alma es una sombra encadenada.

No es cierto que en verdad no quede nada
del niño aquel que fuiste y crees perdido,
no te extrañes de ser desconocido ante ti mismo,
casa abandonada.

No niegues el amor que en ti sentiste,
ni busques otro mar,
ni otras ciudades,
ni otra persona que el que va contigo.

No hay otro Dios,
quizás,
que el que no existe,
ni más verdad que todas las verdades,
ni más amigo,
al fin,
que el enemigo.