domingo, 22 de junio de 2014

Autocensura o Europa



A Alejandro Palacios León

Hundido en el silencio de las páginas
que nunca escribiré. Pienso en aquello
que me dijiste sobre Lobo Antunes.

Y es que quiero escribir sobre ese viejo
del miércoles pasado, camino del trabajo,
repartiendo periódicos gratuitos
de buzón en buzón, de casa en casa,
mientras, a unos pocos metros,
se pasaban el frisbee en bañador
y se sacaban fotos con el móvil
unas muchachas alemanas.

Comprendí la mirada del anciano,
su lento caminar y sus arrugas,
su ropa dándole calor de más,
no tendrá otra o no tendrá otra limpia,
pensé y recordé,
al ver su pantalón de tela verde y clara,
la soledad de una ventana en Braunschweig
en la que amanecía la derrota
de ser y de sentirse inútilmente
entre cortinas verdes del Ikea
que yo nunca elegí, que allí ya estaban puestas.
Un vertedero vivo de resacas,
las noches de verano y el suicidio
cicatrizando en mis muñecas
de aquel verano en que aprendí a leer y a perdonarme
en un extraño banco en un altillo
que daba a la autovía.

Antes de ser uno de ellos,
antes de las chaquetas, las voces impostadas,
los prólogos, las notas a los pies de página.
Antes de otro poema que hable de la tarde,
del infinito amor que siento,
mi propia muerte o la metaliteratura,
quiero dejar escrita aquí una cosa:
Las palabras no sirven para nada,
mientras exista un viejo que reparta
periódicos de casa en casa.