lunes, 15 de septiembre de 2014

Mayéutiquing



En su segunda acepción, la R.A.E. define la mayéutica como:
 2. f. Método socrático con que el maestro, mediante preguntas, va haciendo que el discípulo descubra nociones que en él estaban latentes

En las últimas décadas se ha rebautizado este método desde el ámbito empresarial, sin la aposición explicativa de la definición de la R.A.E., como coaching: cobro por hacerte pensar y te hago creer que el mérito es tuyo.

La disciplina empresarial (sic) se lleva aplicando desde el último tercio del siglo XX, no faltan teóricos a los que referirse y diccionarios de términos. La versión española se traduce en el pícaro jovenzuelo encamisado aunque desabotonado, que otrora jugase a los Pokemon y el Zelda de la Game Boy Color en la piscina comunitaria, hoy ambicioso, airado, mercadotecnizado y recién licenciado en A.D.E., Económicas y horas de gimnasio de franquicia, que comprueba el filón de un nuevo modelo de negocio que aporta valor al cliente, personalizado y abocado al éxito como un lubricante de sabor a fresa.

Del glosario de términos de coaching que he podido extraer de la extensa videografía youtubera, me ha llamado la atención la exigüidad conceptual, (más allá de la sonrojante ortografía, la pobreza lingüística y exceso gesticulador de hablantes que no distinguen cuándo hay que utilizar la palabra "área" en femenino o utilizan "a nivel de" sin ningún tipo de referencia jerárquica) como: marco de confianza, preguntas proactivas, desarrollo personal, generación de autonomía e independencia, estado de reflexión, delimitación y alineación de objetivos.

Un narrador coetáneo filodecimonónico y de arrabal parisino o de quinto piso en cualquier capital europea, podría describir el modelo de negocio como: me tomo un café un contigo, que estás solo y perdido en el laberinto del eslabonamiento de los fracasos de tu propia vida, y te cobro porque me contestes unas preguntas embadurnadas de halo de existencialismo empresarial, foto de familia enmarcada en la oficina y tufillo a éxito de cafetera de marca.

La palma, la palmeta y la palmadita se la llevan las preguntas proactivas. Las preguntas proactivas, que al castellano podrían traducirse como preguntas incitantes a la acción, son, a grandes rasgos, las siguientes:
¿Qué quieres hacer?
¿Cuándo lo quieres hacer?
¿Cómo lo quieres hacer?
¿Para qué lo quieres hacer?
¿Dónde lo quieres hacer?
¿Por qué lo quieres hacer?
Y el comodín que se guarda el coach: Y, ¿si lo hicieras de manera diferente?

El pensamiento como bien de consumo, disfrazado de terminología empresarial. La reflexión personal como negocio. La vida como un simulacro de entrevista con Jesús Quintero o de asistencia a conferencia de Steve Jobs. El mundo como un enorme prostíbulo intelectual para incautos.

Y mientras cae la noche, imagino a un suicida contestando las preguntas proactivas de su coach.
 

viernes, 12 de septiembre de 2014

La biografía de Andrea Agassi y bigotes y barbas parafrásticas



Leo que el tenista Andrea Agassi y un premio Pulitzer han escrito la autobiografía del tenista norteamericano y la han llamado: "Open". Siento un determinado tipo de tristeza ante la mercadotecnia que trata de ser original y juega con los dobles sentidos. Una tristeza que se multiplica en el aire, tristeza como de señal de wifi. La presunción de originalidad en los títulos de cualquier cosa, desde un medicamento a una película, es una de las enfermedades mentales más extendidas de nuestro tiempo. 
Mi mejor amigo, mientras busca libros por Madrid para mi regalo de cumpleaños o algo así como apoyo moral y bibliográfico para mi tesis, me pasa, de broma, una foto entre la lista de libros que va encontrando, leo: Memorias de un preso. La autobiografía de Mario Conde, con una foto sonriente del presunto autor. Memorias de un pelo engominado, le contesto. ¿Memorias de un preso? ¿Era necesaria tanta autocomplacencia? Recuerdo el título de Memorias de la casa muerta de Dostoievski, gran título, por otra parte.
Para defenderme psicológicamente de semejantes bocanadas de humillación al raciocinio aparecidas en la página web de Babelia, divago y me pongo a pensar en otros títulos memorables como Cartas a un joven español de Aznar. La paráfrasis entre su título y el de Rilke, la paráfrasis de sus bigotes: el de Aznar, el de Rilke y el de Nietzsche. Termino en otra barba, paráfrasis de la de Dostoyevski, la del gallego Valle-Inclán, uno de los mejores baptizadores de obras -y personajes- de la literatura en castellano: Luces de bohemia, Tirano Banderas, Femeninas...  Divago y termino, a raíz de lo de ser gallego, en el título de la autobiografía de Rajoy: En confianza. Aséptico, axiomático y corporativo. Ni una sola ese. Siempre me he imaginado a Josef K. con la cara de Rajoy, preocupada y tumefacta. 
Termino, he venido a escribir diferentes títulos para autobiografías, por si alguno de los ocurrentes comités editoriales tiene a bien utilizarlos y demostrar como en cinco minutos se le ocurren a cualquiera (a un cualquiera como yo y como tú, que me estás leyendo) un montón de nombres ocurrentes, frescos, desparpajados y originalitos

Para un profesor: Fin de curso.
Para un (gurú: esa palabra empresarial y alquímica) informático: Esc.
Para un (gurú) informático o cualquiera (con problemas): Control zeta.
Para una modelo (o un imaginero): Dar la talla.
Para el afamado escritor (peruano, portugués o no): Colofón. (O: Pasar página).
Para un músico (con éxito, del tipo Barenboim): Llevar la batuta. (O: Las líneas del pentagrama).
Para un músico de rock: Backstage.
Para el viajante que vende sus viajes: Todos los nortes de la brújula
Para el famoso futbolista: Gol de oro
Para el famoso futbolista (con problemas): Fuera de juego. (O: En la prórroga. O: La pena máxima. O: Desde el banquillo).
Para el torero: La vida por montera. 
Para el piloto de aviones: La caja negra. 
Para el golfista (adúltero o no):  El último hoyo
Para el joyero o el medallista olímpico (parafraseando la idea de la de Rajoy): Hablando en plata.
Para el baloncestista (de éxito): (los años que tenga el jugador en el momento de la publicación) y doce rebotes. 77 años y doce rebotes, por ejemplo. (O: MVP).
Para el baloncestista (con problemas): Mal de altura.
Para el político de izquierdas : Latidos convencidos. (O: Primera persona del plural). 
Para el político nacionalista: Yo, que no nací en mi país. (O: En los demás países, en las demás banderas).
Para el político de derechas español: Hacer los deberes. (O: En este país).
Para el banquero: Líneas de crédito. 
Para la famosa televisiva: En cuerpo y alma.  (O: Vivir de pie).
Para un ladrón: Guante blanco. (O: La luz azul de las sirenas. O: La caja fuerte).
Para un cómico: Vivirse de risa.

Etcétera. ¿Por qué lo llaman sección de cultura? 


martes, 9 de septiembre de 2014

Las cejas de Elena

Hacía cinco años que U2 no sacaba disco. Se llama Songs of innocence; no sé si es un homenaje a William Blake, una justificación o ambas cosas a la vez. La quinta canción del disco habla de la madre de Bono, al escucharla me he acordado de la mía y de una cosa que me dijo hace mucho tiempo y, por eso, he escrito este relato.

A mi madre.

Las cejas de Elena


Ha tenido que pasar mucho tiempo para comprender las palabras que me dijo mi madre una tarde de invierno. Yo era un niño y estoy seguro de que ella ya las ha olvidado, pero eso importa poco. Lo que de verdad importa es que las he comprendido justo en el momento en que iba a comenzar a escribir sobre ellas, veintidós años después.
Por aquel entonces yo iba al colegio y los horarios eran diferentes a los de ahora. Teníamos un primer turno matinal y otro vespertino, no había jornadas continuas, excepto los jueves y el mes de junio, que salíamos a la una y no había que ir por la tarde. Lo habitual era ir de nueve a doce de la mañana y de tres a cinco de la tarde. Una de esas mañanas habituales y grises de algún mes de invierno, sonó el portero automático:
—¿Quién es? —respondí, esperando que me contestaran: "cartero comercial, ¿me puede abrir?".
—Ábreme, Nano —reconocí la voz de Elena, la mejor amiga de mi madre.
—¡Hola! No funciona. Espera que bajo y te abro —dije sin ocultar mi alegría. Elena era una mujer cariñosísima conmigo.
—Vale —contestó ella, como si le molestara tener que hacerme bajar.
—¿Quién es? —preguntó mi madre desde algún lugar de la casa.
—Es tu amiga Elena.
—¿Elena a estas horas? ¡Baja a abrirle la puerta! ¿Qué haces ahí?
—A eso iba.
Bajé los cuatro pisos que separaban la puerta de mi casa de la del portal lo más rápido que pude. Vi la figura de Elena desde el altillo del último rellano: de espaldas, bajita, rolliza, con el pelo moreno, siempre corto, teñido y revuelto; enfundada en su chaqueta de cuero, envuelta en el humo de un cigarro recién encendido y con un carro de la compra vacío a su derecha. Le abrí la puerta, pasó al interior del portal y me abrazó sin soltar el cigarro. Subimos en el ascensor:
—Está prohibido fumar aquí en el ascensor —dije, con miedo de estar cometiendo un delito grave.
—Hoy no —me respondió y me acarició la cara.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Dime, cielo.
—¿Por qué te pintas las cejas?
—Porque me las robaron.
—¿Quién?
—Una noche cuando estaba dormida. Entraron en casa y se las llevaron.
Sentí pena, tendría que pintárselas el resto de los días de su vida. Mi madre estaba esperándonos en el quicio de la puerta de casa. Salió a recibir a su amiga, la abrazó como si hiciese mucho tiempo que no se hubieran visto. Pude adivinar cómo a Elena se le saltaban dos enormes lágrimas. Entendía que ocurría algo, pero no sabía el qué. Dejaron el carro de la compra en la entrada, vacío y liviano, y se sentaron a charlar en la cocina con la puerta cerrada. Las dejé solas. La puerta de la cocina cerrada significaba problemas.
Al cabo de un rato vi pasar a mi madre a su habitación y salir de ella con el monedero en la mano. Supuse que Elena no tendría dinero para hacer la compra y se lo había pedido a mi madre. Y, en parte, aquella era la verdad; comprendí que por eso venía con el carro vacío y que aquella era la causa de las dos enormes lágrimas que le habían caído por la cara.
Aquel mismo día comprendí que la verdad es un asunto complicado y quizá Elena, la mejor amiga de mi madre, sea, sin saberlo, la primera persona que me enseñó a escribir historias. Mi hermana había nacido a comienzos de verano de aquel año y, desde entonces, hacía muchos días el camino del colegio sin necesidad de que nadie me acompañara, sobre todo por las tardes. Tres calles, cinco minutos andando desde casa. Aquella tarde, de camino al colegio, vi a Elena de pie en el interior de un bar, envuelta en el humo de su cigarro, con el carro de la compra vacío a su derecha, recortado en la luz amarillenta de las bombillas y la oscuridad exterior, una televisión de fondo dando las noticias, servilletas de papel arrugadas por el suelo y colillas de cigarro. Elena de pie junto al carro vacío echando el dinero que le había dejado mi madre a una máquina tragaperras, pulsando los enormes botones cuadrados, hipnotizada. No me atreví a decirle nada.
Por la tarde, después de las clases y de dudarlo un buen rato le conté a mi madre con voz temblorosa que había visto a Elena en un bar echando el dinero a una máquina tragaperras. Me hizo un par de preguntas para cerciorarse de que lo que le contaba era cierto, le dije el nombre del bar, el momento en el que la había visto y que era ella por la chaqueta, el humo y el carro vacío de la compra, el mismo que habían dejado en la entrada de casa por la mañana. Mi madre se arregló y vistió a mi hermana pequeña para salir a la calle y me dijo que las acompañara. Fuimos a un supermercado que había cerca de casa e hicimos la compra. Al salir, cuando yo me dirigía hacia nuestra casa cargado con algunas bolsas, me dijo que la compra no era para nosotros, sino que íbamos a ir a casa de Elena a llevársela.
—¡Pero si te ha engañado, Mamá! ¡Yo lo he visto! ¡Se ha gastado su dinero, te pide el tuyo y ahora encima le hacemos la compra y se la llevamos a casa!
—No me ha engañado, Nano. Simplemente tiene un problema, está enferma, igual que tú cuando tuviste gripe. Ella tiene una cosa que se llama ludopatía y es superior a sus fuerzas, en cuanto tiene dinero se lo gasta en las máquinas. Ella no quiere gastarse el dinero. Además, sus hijas no tienen culpa de nada y tienen que comer igual que tú y que yo. ¿Es que ya no la quieres? Con lo que tú quieres a Elena y lo que ella te quiere a ti... Imagínate cómo se tiene que sentir.
—Tú me dices siempre que no hay que mentir.
—Pues ahora te digo que no te fíes de nadie que no sea capaz de decepcionarte porque tampoco sabrá pedirte perdón.
           
Sonó el portero automático:
—¿Quién es? —respondió Elena.
—Ábreme, Elena —dije.

Elena y su familia vivían en un noveno. El ascensor olía a tabaco:
—¿Sabías que a Elena le robaron las cejas? —le pregunté a mi madre.