lunes, 26 de octubre de 2015

En mi equipo



A Markus, in memoriam

Tenía treinta y siete años y era autónomo. Le gustaba llevar gorros de lana, era alto y noble como un árbol. No sé por qué nos saludamos siempre al vernos desde lejos estirando los brazos de alegría y con el pulgar en alto. Luego,  de cerca, nos dábamos un abrazo y era como abrazar a un gigante; tenía que agacharse y se agachaba. Siempre me hizo sentir que era uno más, no utilizó conmigo gentilicios, sino sonrisas y jaleos: le encantaban los pases imposibles, los lejanos al pie o a la cabeza, los que se dan al hueco con el exterior, las vaselinas, las paredes de tacón. Las pocas veces que jugamos en el mismo equipo (si has jugado al fútbol sabes lo que esto significa), buscaba sus desmarques para tratar de darle el pase perfecto por ver tan sólo cómo lo celebraba más feliz que un gol; recuerdo cómo un día la alegría le hizo fallar una ocasión clarísima sin importarle lo más mínimo. Hoy sé que aquella alegría vale más que cualquier gol. Era un esteta que bajaba a defender. Recuerdo también que se acercó expresamente a darnos las gracias cuando un día le dijimos dónde podía comprar botas que estuvieran bien de precio y a la semana siguiente vino con unas azules. La última vez, un jueves hace tres semanas, jugamos juntos en el mismo equipo.  

Tenía treinta y siete años y era autónomo. No puedo escribir más.

domingo, 13 de septiembre de 2015

15 céntimos



Salgo profundamente emocionado de la casa de Bertolt Brecht, los cinco euros mejor gastados de mi vida: visita guiada, cuatro germanistas y una guía visiblemente conmovida de que hablemos su idioma y de que sepamos quién es Hegel o la Berliner Ensemble.
Cerca de la estación que hay sobre el puente que cruza la Friedrichstr., veo pasar un hombre montado en una bicicleta mil veces oxidada, mejor dicho, el cadáver de lo que un día fue una bicicleta, una chatarra con ruedas, un amasijo de tétanos con pedales que se abre paso entre la multitud de turistas, con la lastimosa cadencia de un animal hambriento y débil. Atada a lo que un día fue un guardabarros, el hombre porta una enorme bolsa de plástico repleta de botellas vacías para canjearlas por dinero. Por cada botella que meta en la máquina de reciclaje del supermercado, le darán 15 céntimos, 25 si tiene suerte y es una lata. En el tique aparecerá el desglose con el número de botellas que ha canjeado y el valor de cada una de ellas. Lo mirará orgulloso, con la sonrisa inimitable y esquizoide de los que ya lo han perdido todo en la vida, y se gastará su misérrimo presupuesto en las cervezas más asequibles del supermercado o en un vino pésimo, pienso en Mallarmè, en la barba mugrienta y frondosa, selvática, como la barba de Dios o de un sabio decimonónico, del hombre de la bicicleta y en la bandera europea.
Una de las botellas que sobresale por el borde de la bolsa, ligera como es, cae en uno de los virajes y comienza a rodar calle abajo con tan mala suerte de quedar a merced del tráfico que a esas horas es denso y caótico: cientos de coches atraviesan la calle estresados con la posibilidad de tener que esperar otro semáforo; a ello hay que añadirle el tránsito de los autobuses de línea y el tranvía. Pienso en Gaudí. El hombre se percata, detiene su marcha; ve con la cabeza girada cómo la botella sigue intacta. He visto esa mirada muchas veces en los ojos de mi madre cuando era niño. La botella sigue girando, es un milagro que siga intacta: el aire aleatorio, cruel e indiferente que levantan los coches al pasar hace que tome impulsos extraños, como si alguien la empujara de un lado a otro. La botella vacía sigue rodando, se adentra cada vez más en la calzada. Han pasado más de diez segundos, sigo su trayectoria con la mirada; es un milagro que no haya sido atropellada todavía. Me detengo también, veo cómo el hombre apoya la bicicleta contra un árbol sin perder de vista la botella, oigo crujir la bolsa de plástico repleta de botellas vacías. Observo al hombre de la barba, puedo leer en su mirada la intención de saltar a la carretera. ¿Será capaz de jugarse la vida por 15 céntimos? ¿Por qué nadie se agachó a cogerla cuando pasó por su lado antes de caer a la carretera? 
No, no fueron los cinco euros mejor gastados de mi vida: la botella sigue girando, intacta, y el tráfico es denso.

domingo, 9 de agosto de 2015

Una postal de Kafka desde Praga

A P. Noval

Me has dado una respuesta y no lo sabes, 
pues la próxima vez que salga el tema
y me pregunten: ¿qué es para ti la amistad?
Responderé:
una postal de Kafka desde Praga.

Recordaré una noche de este agosto,
de este agosto distinto en blanco y negro, 
el de los treinta años,
de un sábado a las diez y media 
en que bajé a comprar un par de helados
antes de una película de Brando,
y miré por inercia en el buzón
(¡¿quién mira en el buzón un sábado y de noche?!)
y en él había una postal tuya de Kafka
con una frase de una de sus cartas
en la que confesaba, indefenso y cansado,
que la literatura es todo cuanto era
y que otra cosa alguna
no era capaz de ser ni de querer.

Recordaré el portal oscuro
y las llaves colgando de mi buzón abierto,
y un sábado a las diez y pico de la noche
en este agosto de los treinta años
en que me eché a llorar en blanco y negro.


La postal en cuestión con el perfil de Kafka
y sus orejas cósmicas capaces de aprehenderlo todo.

martes, 9 de junio de 2015

Aparición



Una tarde de junio gris y fría
en la que estaba traduciendo a Rilke,
al rematar un verso endecasílabo,
apareció tu voz y recitó el poema
de un libro que jamás podré enseñarte,
al menos a este lado de la vida.

Lo peor de la muerte, amigo mío,
no es el silencio que la ausencia deja
sino el necesitarse todavía
y solo uno de los dos lo sepa.

martes, 12 de mayo de 2015

Sobre la próxima novela y una extraña decepción acerca de ignorar la obra de Joseph Roth

La próxima novela está en camino, sólo me queda encontrar el tiempo necesario para escribirla del todo; aunque cualquiera que haya escrito una novela sabe que eso es lo de menos, que las novelas están siempre escritas en alguna parte y que son ellas las que te encuentran y buscan ser escritas y no al contrario. Eso o algo así dicen Javier Cercas en "Anatomía de un instante" e Ignacio Martínez de Pisón en "Enterrar a los muertos" y lo mismo pienso yo; o eso he pensado siempre, incluso antes de leerlos a ellos.
El otro día me llevé una decepción tremenda al saber que Cercas no había leído nunca a Joseph Roth y supe que escribiría algo al respecto. Al rato pensé que daba igual, que se puede vivir y escribir realmente bien sin saber quién es Joseph Roth, pero estuve un par de minutos afectado. ¡Qué pena tan extraña! Seguramente él hubiera sentido lo mismo de otro escritor que no supiera quién era Henry James o, qué sé yo, Bob Dylan... luego recapacité y me di cuenta de que podía estar no diciendo la verdad: es posible que conociera a Joseph Roth y que lo conociera tan bien que prefiriera decir que no lo conocía para no entrar en disquisiciones interminables, o que lo dijo para dar ejemplo.
La próxima vez que me regalen el libro de un autor que conozca diré, agradecido, que no he leído nada de él, a ver qué hago sentir a alguien.
Aquí dejo el vídeo en cuestión:
 http://elpais.com/elpais/2015/04/22/videos/1429690808_090733.html

sábado, 21 de marzo de 2015

Publicación de la traducción (y edición) de De las memorias del señor de Schnabelewopski en Escolar y Mayo


 Allá por el verano de 2013 se me encomendó la tarea de traducir y prologar Aus den Memoiren des Herren von Schnabelewopski de Heinrich Heine, para la editorial madrileña Escolar y Mayo.

Traducir el relato que acaba de ver la luz este mes y que llegará a las librerías de toda España dentro de poco, ha sido una de las experiencias más instructivas como filólogo, traductor y, por qué no decirlo, también como narrador. Al traducir a Heine durante los meses de verano y septiembre de 2013, comprendí lo fundamental que es el estilo y la ironía a la hora de narrar.

 Traducir es mucho más intenso que leer, es comprender un texto en todos sus matices y con todas las consecuencias; y es que una traducción no se termina nunca del todo, como una novela o un poema, siempre se puede volver a revisar y retocar un matiz, un verbo, un adjetivo más adecuado, más fidedigno. Sin la traducción de este relato, por ejemplo, yo nunca hubiera podido escribir Una hora menos, nunca hubiera hallado la voz del narrador con el toque de sinceridad, ironía y libertad necesarios para afrontar la historia que sabía que quería escribir... y eso que ya creía que era conocedor de la obra de Heine y había leído la mayoría de sus textos en prosa.

Portada basada en Don Quijote leyendo libros de Adolph Schrödter, cuadro que
impresionó a Heine en el barrio de Montmartre en 1834.
   
En el proceso de corrección del texto y en la escritura de la introducción a lo largo del pasado 2014, mientras participaba asimismo en el proceso de edición de Una hora menos, he aprendido a valorar dos cosas: la profesión de filólogo, antes no era consciente de  la importancia de las herramientas que tenía a mi alcance y que me enseñaron a poner en práctica en la carrera, y lo importante que es contar con un equipo editor profesional que trabaja con el resultado final en mente y con un sentido estético que salta a la vista.

Llegar a tener finalmente en libro en las manos supone un momento muy emocionante. No se parece, ni siquiera, a ver una obra propia publicada, tiene un extraño valor añadido ya que el libro en sí no te pertenece, pues pertenece a Heinrich Heine, un escritor inmenso e irrepetible, y todo el trabajo, todas las horas dedicadas que conllevan realizar una traducción digna y una introducción amena y rigurosa, pasan a un hermoso segundo plano, como las manos de un titiritero, para que la obra y, un poco, el autor resuciten en la otra lengua.

Lo mejor, y ruego que se me disculpe la vanidad pues se ve superada por mi alegría, es que acabo de firmar mi segundo contrato para traducir otra obra inmortal, un poemario, de otro autor en lengua alemana que revelaré en su momento y que supone uno de los mayores retos a los que me he enfrentado nunca. 

Aquí dejo la ficha bibliográfica para los que quieran adquirirlo:

De las memorias del señor de Schnabelewopski,

  • Heinrich Heine, 
  • Edición de Fernando Palacios León
  • Escolar y Mayo Editores S.L.
  • 1ª ed., 1ª imp. ()
  • 162 páginas
  • ISBN: 8416020329 
  • ISBN-13: 9788416020324
  • P.V.P.: 14,00 euros.

miércoles, 18 de febrero de 2015

De haberlo sabido


Llevo quince años, camino de dieciséis, casado con mi mujer y ni una sola noche ha dejado de esperarme despierta cuando llego a casa del trabajo. No sé cómo lo hace, cómo es capaz de llevar poco después a las niñas al colegio, echar una mano en la papelería de su hermana, recoger a las niñas a la salida, hacer con ellas los deberes y bajarlas al parque o llevarlas a patinaje los miércoles y viernes, presidir la Asociación de Madres y Padres del colegio, organizar excursiones, actividades extraescolares, iniciativas, charlas y campañas de todo tipo: de concienciación medioambiental, de igualdad entre sexos, de ánimo a la lectura, de solidaridad, de educación en valores democráticos... No sé cuándo duerme, si es que duerme, su antiojeras es realmente milagroso.
Siempre tiene una palabra de aliento para mí, aunque nos hayan bajado el sueldo otra vez, pese a que dispongamos de menos recursos, menos compañeros para sacar el trabajo adelante y a mis turnos de noche. Ellos tienen su maquinaria, su lenguaje: recortes, ajustes, normativas, expedientes... Mi mujer tiene su sonrisa, más veraz que cualquier palabra de laboratorio y asesor. La sonrisa de mi mujer es un ministerio. Ni siquiera la pierde cuando regreso de otra manifestación a cientos de kilómetros con el cuerpo magullado de los golpes o cuando, después del deber cumplido, celebramos con alegría cómo se ha vuelto a detener un desahucio y se nos hincha el pecho de emoción cuando le relato las cadenas humanas frente al portal de un edificio y las victoriosas consignas de los activistas, llenas de esperanza. Si algún político, banquero o accionista de fondos buitres viera la desesperación en el fondo de la mirada de las personas a la que se les arrebata su casa, sin estadísticas de por medio, si, por un momento, fueran conscientes de lo vergonzoso que resulta un precinto policial en el silencio del descansillo, cuando nos marchamos de allí, derrotados por leyes sin corazón...

De haber sabido al aprobar la oposición que en esto consistiría mi trabajo, nunca me hubiera presentado a Policía Nacional.

***

 Microrrelato que, según me han comunicado, aparecerá en el próximo número de la revista Compromiso y Cultura.

domingo, 8 de febrero de 2015

Asomado al cráter



Hay una idea de Javier Cercas que no me deja vivir, ni morir, tranquilo.

En su última novela, El impostor, (como ya sugiriera en La velocidad de la luz, Bob Dylan mediante: quien no está ocupado en vivir, está ocupado en morir) afirma que "la ficción salva, la realidad mata". Yo que estoy eternamente ocupado en leer, ni vivo, ni muero o las dos cosas a la vez. La ficción y la realidad, la vida y la muerte o la muerte y la vida, ocuparse en hacer o en imaginar. ¿Y el lector? Leer, es vivir y morir al mismo tiempo, el lector es un ser frágil, temporal y sempiterno, como un filólogo o las olas del mar. ¿Lo que se lee se vive o se muere (si es que morir puede ser un verbo transitivo)? Las bibliotecas se me antojan lugares terribles, llenos de muerte, silenciosos gritos de desesperación con forma de filas de libros en los estantes, algo así como el cementerio de los pensamientos, la historia de los fracasos incesantes de la realidad.

Vengo a escribir porque estoy tratando de encontrar la voz para un artículo que tengo que redactar sobre Heinrich Böll, el escritor alemán que más admiro y al que más le debo a la hora de sentarme a escribir (egotismo aparte) y la idea de Cercas es como un cráter en mi pensamiento, un cráter del tamaño del que dicen que extinguió a los dinosaurios. ¿Encontrar la voz? Si tengo que encontrar la voz, me digo, si tengo que encontrar una voz para escribir es que estoy dentro de la ficción, lo cual es lícito, la literatura es una madre adúltera, oí decir hace poco: la ficción salva.

Pero si escribes para salvarte es que estás muerto. Percatarse del estado mortuorio, es decir, darse cuenta de que la realidad no te sirve es algo terrible, es algo terrible y maravilloso al mismo tiempo, como un museo ardiendo o regresar a una ciudad en la que has vivido a lo Erich Kästner y Dresden.

Después de mucho pensarlo he llegado a la conclusión de que la idea de Cercas tiene trampa, la ficción salva y la realidad mata, sin la coma de por medio, dice Cercas: "Yo enamoré a mi mujer haciéndole creer que era escritor y al final tuve que hacerme escritor para que se quedase conmigo". Página 395, El impostor.