jueves, 22 de junio de 2017

A otra hora



Era lunes y yo necesitaba unos zapatos para un compromiso social venidero. En la ciudad en la que vivo apenas hay zapaterías; o son de precios asequibles y de escasa calidad o de precios abusivos y calidad inicua, incluso afrentosa, para los pies que los llevarán. Así que, mis pies, los pies de la mujer que amo y yo, decidimos ir a la ciudad grande más cercana, a solo tres paradas de tren regional, en busca de una zapatería más apropiada y que estuviera en consonancia con nuestro peculio.
Tomamos el tren pasado el mediodía, una vez que habíamos cumplido con nuestras obligaciones, como tantos otros colegiales que poblaban los vagones con su gregaria algarabía o trabajadores amodorrados dispuestos a sestear durante el trayecto. Los colegiales vociferaban, los asalariados cogían el sueño, el tren atravesaba veloz y silencioso los campos de Franconia.
Nos desalojaron del tren en la estación de un pueblo mucho más pequeño que la ciudad en la que vivo, cuando nos quedaba una sola parada para llegar a nuestro destino, la desesperación y la urgencia en la voz del maquinista nos hizo temer lo peor. 
Ya en el andén, escuché a un pasajero apostrofando a la nada con hartazgo, diciendo que los lunes y los martes eran los días de los suicidas en aquel tramo de la línea que conduce hasta N.; hastiado del retraso indefinido que se anunció por la megafonía de la estación, oí cómo aquel mismo hombre le recriminaba al presunto suicida que no pensase en la vida de los demás, que se podría haber suicidado a otra hora en la que no afectara a los que volvían del trabajo y a los niños que regresaban de la escuela; sus palabras despertaron la aceptación de la masa que se transbordaba al próximo tren, ya situado en otro andén y anunciado con un retraso mínimo de una hora. Hablaba del suicida como si siempre fuera el mismo, como quien habla de una avería o de las obras de mejora en las vías del tren, preguntaba, en su invisible diálogo, si es que no le importaba fastidiarle el día a cientos de personas, poner en riesgo la llegada al trabajo de los demás, la gente tenía cosas que hacer y no se podía permitir llegar tarde una semana sí y otra también, qué egoísmo, qué egoísmo, repetía.
En lugar de esperar y tomar el tren con retraso, decidimos quedarnos en aquel pequeño pueblo y buscar una zapatería, quizá la única que hubiera, los zapatos ya eran lo de menos. Pensé en aquellos suicidas de la línea de N., pensé si lo último que podían hacer por los demás y por sí mismos era precisamente aquello: detener el tren, provocar un transbordo y un retraso indefinido, hacer que nos conformáramos con los zapatos que hubiera en un pequeño pueblo.
A las tres horas, cuando regresamos a la estación de aquel pequeño lugar con un par de zapatos nuevos, los trenes funcionaban con normalidad.  



martes, 13 de junio de 2017

Los cines abandonados




En el barrio de Las Ventas en Madrid hay unos cines abandonados, con el rótulo de un verde como de bronce viejo, como de cúpula de iglesia europea sobre la que ha llovido mucho. Se puede ver el armazón del que un día colgaron los carteles que anunciaban las películas, los focos apagados hace años y la verja echada. Al verlo hace dos días, antes de regresar a Alemania, me recordó todos los días que he pasado sin escribir.
Pensé que, de algún modo, me había convertido en aquellos cines abandonados y supe que escribiría algo sobre ellos, algo sobre mí.
Siempre me han gustado los negocios cerrados, las quiebras declaradas, asomarse al orden vacío de sus interiores que ya nadie ocupa.